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Palabras ahogadas

Palimpsesto

Artista: Doris Salcedo
Lugar: Palacio de Cristal, Parque del Retiro (Madrid)
Fecha: 06/10/2017 - 01/04/2018
Horario: Lunes - Domingo (10-19h) (del 01/11/17 - 31/03/18 de 10-18h)
Organización: Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía


Silencio. Un murmullo descansa bajo nuestros pies. Trémula, una cadencia casi imperceptible de destellos fugitivos emerge empapando la dura superficie para dejar únicamente tras de sí su fantasma. Sedimento de corindón, dibujo en la arena. Trazos olvidados, superpuestos, reescritos, esperando a desaparecer de nuevo bajo otro suspiro de agua. El mar contenido en una jaula de vidrio.
 
 
 
 
 
 
La voz de Doris Salcedo (Bogotá, 1958), rumor débil pero solemne, se condensa entre las superficies pulidas del Palacio de Cristal, el cual, desde hace meses, ha tornado mausoleo, lugar de duelo. Contramonumento a las personas que perecen en las aguas del Mediterráneo en un afán por cambiar su suerte, Palimpsesto constituye un ´común denominador en la prolífica trayectoria de la artista colombiana: el compromiso político de la práctica artística y su capacidad para exorcizar el trauma, y, en este caso, públicamente, el desconsuelo ante la pérdida.
 
Pérdida jamás llorada, duelo nunca librado. Al no haber ritual funerario, no hay estética de la muerte alguna y por tanto tampoco encontramos ética con la que enfrentarse a la vida. Las vidas que son celebradas durante su existencia lo son aún más durante la muerte a través del canal estético del ritual. Ese derecho al lamento que les ha sido arrebatado extirpa toda dignidad en vida y condena su muerte a un perpetuo anonimato. La artista pretende restituirles esa dignidad convirtiendo el Palacio de Cristal en un lugar de memoria.
 
El llanto silencioso, casi invisible que se adivina en esa habitación sin paredes es el de la tierra que acogió en su seno todos esos nombres en el momento de su muerte. Una experiencia tremendamente sutil y frágil pero potente, que invita a una quietud contemplativa, a una atención dilatada para retener esa fugacidad que escapa a nuestra percepción en forma de lágrimas.
 
 





Su evanescencia cristalina encuentra correspondencia con la transparencia y volatilidad del contexto en el cual se inscribe, dejándose entrever un diálogo formal que por lo general supone un desafío para muchas de las propuestas artísticas que tienen lugar en este marco expositivo tan particular, cuya invitación a ser intervenido resulta un regalo envenenado. El Palacio de Cristal es un espacio difícil, no sólo por las condiciones climáticas a las cuales se encuentra expuesto, sino por una morfología donde cobran especial importancia tanto las condiciones de iluminación como las connotaciones asociadas al entorno que lo envuelve y a lo etéreo y diáfano de su construcción.
 
Por ello, el agua deviene hilo conductor entre la inmaterialidad del espacio y la caligrafía de los nombres que brotan temblorosos bajo nuestros pies, y que suponen, al mismo tiempo, la cristalización de una ardua labor de investigación llevada a cabo por la artista y un equipo de treinta personas. A través de ONGs o entrevistas con familiares han sido capaces de paliar ese anonimato favorecido por la inexistencia de un archivo que registrase de manera rigurosa y veraz todas las pérdidas.
 
Aún así quedan muchos nombres en el tintero que no han podido encontrar lugar en la instalación, y otros tantos que, como en un viejo papiro obligado a ser reescrito por los estragos del paso del tiempo, descansan subordinados a las emanaciones de agua que se superponen. Tal vez por el carácter selectivo de la visibilidad mediática, tal vez por nuestra predisposición a olvidar. Pero dicha visibilidad se ve, paradójicamente, reducida por la superposición del nombre de la artista, el único que prevalece tras la visita, y absolutamente eclipsada por el artificio, cuya belleza visual llama más a la curiosidad por el funcionamiento de su mecanismo que por el contenido implícito.
 
 
 

 
Su extremada complejidad y delicadeza restringe la afluencia del público para caminar sobre las ciento noventa y dos placas de corindón diseñadas a medida para el espacio que descansan sobre diez kilómetros de tuberías. El aspecto cristalino de este material recuerda a la arena de playa, pero su gran dureza impide que la superficie se vea erosionada por el tránsito del público y por el constante fluir del agua, que milagrosamente mantiene su forma gracias al material hidrofugante que recubre las placas y que aumenta su tensión superficial.
 
Teresa Margolles. Vaporización. (2001)
 
 
Un reclamo al interés de todo paseante que incluye el Palacio de Cristal como otra parada más en su idílico recorrido por el parque y que sale del mismo sin un ápice del desasosiego que se llevaban los espectadores de la Vaporización (2001). Sin embargo debemos valorar la ausencia de morbo al lidiar con temas de tal delicadeza; su intervención dista sobremanera de lo necrófilo al prescindir de la violencia en la representación de la misma bajo una suerte de político-poética.
 
 
 
 
Rodrigo Flechoso fernández

Comentarios

  1. Muy bonita, Rodrigo. Me alegro de que te hayas animado a cuidar especialmente la expresión literaria de la crítica.

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