Una historia
reciente de Colombia, o cómo Beatriz González imprime memoria en nuestros ojos
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Los suicidas
del Sisga, Beatriz González, 1965.
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“Yo
nunca vi un Warhol”, afirma a propósito de su formación artística. No fue hasta
tarde que la artista colombiana Beatriz González (Bucaramanga, 1938) conoció el
movimiento Pop anglosajón. Como señala Marta Traba, crítica de arte y mentora
de la artista, aunque aparentemente las producciones de González guarden cierta
afinidad estética con las creaciones de un Liechtenstein, de un Warhol o de un
Hamilton, no comparten ni su procedencia ni su destino. Mientras el Pop art captura
la mirada de los medios de masas, González muestra lo que ella misma ve, bañándolo
en su subjetividad: las fotografías de los periódicos, las octavillas y
folletos publicitarios que aparecen en las calles de Bogotá, pero también las
grandes obras del Arte universal –u occidental–
estampadas sobre superficies insospechadas (sillas, camas, mesas, cortinas). “Porque
en Colombia no había museos, y nosotros conocíamos aquellas grandes obras a
través de reproducciones o productos comerciales”, continúa González. La
artista reivindica su arte como provinciano y enarbola estratégicamente su
localismo, que impide que este pueda circular universalmente “si no es como una
mera curiosidad”.
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Telón
de boca para un almuerzo, Beatriz González, 1975.
Y
quizás por eso hayan hecho falta cincuenta años para que se lleve a cabo su
primera muestra retrospectiva en suelo europeo, que entre noviembre y febrero
ya fue acogida por el CAPC de Burdeos. En la exposición, comisariada por la
también colombiana María Inés Rodríguez, se recogen los episodios más
emblemáticos de la producción de González: desde aquellos Suicidas del Sisga (1965),
donde la artista configura su particular sistema lingüístico, basado en la
simplificación de los diseños y la articulación arbitraria de colores planos; hasta
sus obras más recientes, como la solemne intervención en el columbario del
Cementerio Central de Bogotá, sobre el que imprimió serialmente la macabra
silueta de los cargueros, aquellos hombres afables que transportan los cadáveres marcados por la guerrilla (2009). La historia de Colombia se desliza inevitablemente en las
obras de Beatriz González, y hay quien afirma que esto la convierte en una
producción intensamente política. Esto último tampoco importa: en todo caso, se
revela como una crónica autoconsciente de su mirada, de su dolor, en la que la
artista busca cristalizar pictóricamente las imágenes del flujo vital cotidiano
en un país periférico – imágenes de alegría, de sufrimiento, de vida y de
muerte–, en una suerte de ejercicio de memoria poético-emotiva.
“Estos dibujos son magníficos, ¿por
qué nunca los has mostrado, Beatriz?”, preguntaba María Inés Rodríguez a la
artista en una entrevista publicada en 2012. Uno de los rasgos más característicos de la retrospectiva quizás sea este: en ella se presentan, de
manera inédita, los archivos y los bocetos sobre los que trabaja González a
partir de 1965. Pasquines, folletos e infinitos recortes de prensa son
expuestos en vitrinas, entre los que encontramos la emblemática fotografía de
Los Suicidas o el retrato de Yolanda Izquierdo, líder campesina asesinada por
los paramilitares en 2007, pero también la prensa rosa que especula sobre el
popular ciclista Lucho Herrera. Los dibujos se muestran junto a los documentos,
evidenciando el proceso de trabajo de González, quien siempre afirmó que fue su
nefasta capacidad para retratar del natural lo que la empujó a abrir los
diarios bogotanos, ávida de imágenes. En ellos aboceta los colores y amputa las
formas, ensayando su mirada pictórica en el papel.

Yolanda Izquierdo, Beatriz González, 2009.
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Lejos
de una acidez satírica o una frialdad distante, la obra de Beatriz González se
sumerge en la coyuntura colombiana y brinda una mirada firme y propia de los hechos
sedimentados en el suelo de su país. En la obra de González, la frivolidad de
un ajeno arte pop se trunca afecto y memoria, evidenciando que la experiencia
histórica no siempre es –o puede ser– cómodamente codificada en palabras y números.
Y entonces debemos sentirla con los ojos.
Inés
Molina Agudo
Palacio
de Velázquez (MNCARS). Parque de El Retiro. Comisaria: María Inés Rodríguez. Hasta
el 2 de septiembre de 2018.
Muy bien Inés. El Pop-Art no siempre fue mera apología del consumismo y del capitalismo. De hecho, también en España, tuvo un carácter crítico y político (Equipo Crónica, Eduardo Arroyo). Sin embargo, la evolución histórica de Colombia no es indiferente a la evolución de su arte. Tampoco en España.
ResponderEliminarFicha incompleta. Falta el nombre de la artista.
En las fichas de imágenes, el nombre del autor debe ir antes del título de la obra. De otro modo se produce, como en este caso, el equívoco entre título y autor.
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