Título de la exposición: El Bautizo Monstruo
Artista: Almudena Fernández
Ortega
Lugar: Galería Silvestre
Dirección: Calle Doctor Fourquet 21, 28012 Madrid
Fecha: 20 de enero – 10 de marzo
de 2018
Con El Bautizo Monstruo Almudena Fernández
Ortega (1984) expone por primera vez en la Galería Silvestre (y en Madrid),
después de haber pasado a formar parte de la plantilla de la galería en
septiembre de 2017. Formada como artista plástica por la Universidad de
Sevilla, recibió en 2017 el Primer Premio MálagaCrea en Artes Visuales y obtuvo
una beca de residencia artística para La Térmica en Málaga.
El
entorno rural en el que vivió hasta los 26 años y las experiencias biográficas
que tuvo sobre todo en la zona comprendida entre La Sierra de Aracena y Sierra
Norte de Sevilla –donde su padre trabajó como minero y apicultor–, se
convierten en eje central de su obra. Así, Fernández parte de las narraciones y recuerdos familiares para trabajar
sobre la idea del paisaje, y pretende dotar al binomio lugar/memoria de un
significado personal y a la vez histórico y colectivo. En sus cuadros, todos
óleos sobre lienzo, modifica el entorno natural de su infancia con la intención
de convertirlo en una imagen onírica. En el caso de El Bautizo Monstruo, el evento histórico que recupera tuvo lugar el
14 de junio de 1936: ese día se celebró el llamado “bautizo monstruo”, un
bautizo civil, colectivo e intencionadamente pagano, en el que participó el
pueblo de La Nava, en la Sierra de Aracena de Huelva y durante el cual seis
niños fueron bautizados con los nombres Lenin, Libertario, Límber, Pasión, Redención y Sipenia en el río Múrtiga. La ceremonia se acompañó con una fiesta multitudinaria
y colectiva en la que participaron vecinos de pueblos aledaños y que reflejó la
tendencia general del triunfo de la izquierda en la zona. Sin embargo, la
celebración duró poco por la toma de La Nava ese mismo verano por tropas
nacionales que obligaron a cambiar los nombres a los niños.
Almudena Fernández trae este evento, muy
poco reconocido por la historiografía actual, al presente y funde en sus
cuadros los lugares por los que pasaría la comitiva festiva, la flora y la
fauna con la que pudieron haberse encontrado en su camino, con la experiencia
personal y los recuerdos de la infancia que tuvo la pintora, que creció en la
zona. La exposición nos lleva por un viaje del terreno: aparecen las aves
nocturnas favoritas de la artista –los chotacabras–, el ciervo, piedras y setas
típicas, la estación abandonada de La Nava o el cartel que convocaba al pueblo
al bautizo al que incorpora minerales y un fósil de clypeaster, como alusión directa a La Nava y su idiosincrasia. Sin
embargo, si estos son los elementos de la naturaleza que cualquiera habría
encontrado en su camino hacia el bautizo, ¿por qué fue necesario iconizarlos?
–por ejemplo, mediante las técnicas estereotípicas de luminosidad, las siluetas
blancas de gatos que deben representar a los seis niños, o el cliché del
ciervo–.
El Bautizo Monstruo (2018), óleo sobre lino, 195 x 260 cm.
(Fuente: www.galeriasilvestre.com)
Fernández visitó el
pueblo dos veces para entrevistar a testigos, que la llevaron por el camino de
la romería y le contarían anécdotas del acontecimiento como, por ejemplo, que
el firmante del cartel reproducido en el cuadro Durará hasta que se acabe, Oropesa, abandonó el pueblo rápidamente porque imaginaba que iba a haber consecuencias y poco
después, efectivamente, fue fusilado. Por ello los demás organizadores del
bautizo, una vez detenidos, para librarse contaron que, con la iglesia del
pueblo quemada, decidieron llevar a los niños al río para bautizarlos como a
Jesucristo.
La recuperación del
evento histórico y estas anécdotas –que solo podemos recuperar a través del
relato de la propia artista, no gracias a las imágenes– son lo que hacen la
exposición interesante. Sin embargo, los cuadros por sí mismos no reflejan la
–ciertamente buena– intención de la artista y necesitan de la historia para ser
relevantes. Fernández recalca que quiso reflejar la visión infantil en su
pintura y no solo en la técnica vemos este propósito, sino también en los
títulos: Sopitas refleja un erizo, al
que bautiza con este nombre por un desayuno que le preparaba su abuela, o el
cuadro que representa una geoda de cuarzo típica de la zona, se titula Yayo, quiero ser bruja, una frase que
solía dirigir a su abuelo. Podemos encontrar la excepción en el título del
cuadro Es la hora de la raposa,
tomado del poema de Valle-Inclán, “Es la hora de los enigmas”, pero también
aquí estamos ante un cuadro con una visión infantilizada de los animales en el
bosque, donde el azul eléctrico representa el recuerdo de la joven Fernández
que veía la luz crepuscular cuando la jauría de los cazadores la despertaba de
madrugada para salir a la caza.
Es la hora de la raposa (2017), óleo sobre lino, 130 x 195 cm.
(Fuente: www.galeriasilvestre.com)
Aunque el intento
de unir el recuerdo personal con el histórico y la voluntad de celebrar un
contexto político en el que afloraba el laicismo, la libertad y la rebeldía de
ese acto de bautismo pagano podrían ser meritorios, una visión más madura
habría mejorado considerablemente las pinturas que rozan el kitsch, sin buscar
abiertamente esta estética. No se transmite el relato personal a través de las
imágenes –y solo parcialmente en la hoja de sala–, por lo que se convierten en
pinturas de la naturaleza banales e infantiles. Se podría incluso argüir que
contienen cierta falsa espiritualidad hacia la naturaleza, por el esfuerzo de
crear una mística que no logra representar. La obra de arte “de verdad” no se
puede descubrir en la obra de arte visible, exenta de mérito propio, y solo
cobra algún sentido si el espectador está dispuesto a añadir los elementos
externos que se conectan de manera forzada, en lo que podríamos definir como psicogeografía
espuria de la naturaleza.
Laura Hatry

Muy bien, Laura. Excelente.
ResponderEliminar