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Herriman al 50%

Krazy Kat es Krazy Kat es Krazy Kat



Artista: George Herriman
Comisarios: Rafael García y Brian Walker
Lugar: Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Edificio Sabatini, planta 3
Dirección: Calle Santa Isabel, 52
Fecha: 18/10/2017-26/02/2018
Horarios: Lunes-Sábados y festivos (10-21h) (Martes cerrado)
Organización: Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía

 


El trabajo de George Herriman (Nueva Orleans, 1880-Los Ángeles, 1944) nace en los albores de este nuevo lenguaje artístico que suponía el cómic, allá por finales del siglo XIX. Su crecimiento se vio facilitado por el amparo de la prensa estadounidense como medio de difusión al incluir entre sus páginas pequeñas ilustraciones de cierto carácter satírico. Aunque su vida se divide entre ambas costas, será en Los Ángeles donde desarrollará una prolífica carrera entre 1913 y 1944 como ilustrador de una de las tiras cómicas más famosas y más rentables del siglo XX: Krazy Kat.

El mero hecho de que una institución como el Museo Reina Sofía dedique una exposición a este tipo de soporte debe ser interpretado como toda una declaración de intenciones. Krazy Kat es Krazy Kat es Krazy Kat trata de elevar al ámbito exclusivo de la alta cultura algo que siempre ha llevado el sambenito de subproducto artístico, estrechamente relacionado con lo popular y con un público mayormente infantil. Sin embargo, sabemos de antemano que intelectuales de la talla de Gertrud Stein o E.E.Cummings y artistas como Willem de Kooning o Philip Guston reconocen la importante influencia que dicha tira cómica ha tenido sobre su trabajo.
Krazy Kat es una historia de ambigüedades, de cuestionamiento de roles, toda ella teñida con un cierto tono satírico. En este caso es el ratón (Ignatz) quien odia al gato y manifiesta una aversión recíproca hacia el perro, el cual venera a Krazy, que está locamente enamorado de Ignatz e interpreta cada agresión por su parte como una declaración de amor.
Nos encontramos además ante una narración que descarta todo etnocentrismo no sólo a través de la figura de su autor (de raíces afroamericanas) sino en la especulación sobre los posibles orígenes afrodescendientes del protagonista de la tira, dado que en contables ocasiones podemos ver a Krazy Kat tocando un banjo de calabaza o empleando expresiones propias de la jerga de ese sector de la población. Así mismo, la multiculturalidad (con la cual el artista convivió a temprana edad en Nueva Orleans) se hace notable tanto en la diversidad de personajes que podemos encontrar a lo largo de las tiras como en el escenario donde se desarrolla la trama, el desierto de Coconino en Arizona (con incesantes referencias a la tribu aborigen Navajo).
Este relato de alteridad se ve reforzado por el desconocimiento del sexo de Krazy, el cual, no especificado en ningún momento por el autor (quien prefiere considerarlo como una suerte de ser andrógino), se inclina de forma pendular hacia ambos extremos en determinadas ocasiones, pudiéndose entrever un triángulo amoroso que no descarta la homosexualidad. Para cerciorarnos del carácter crítico implícito en estas historietas se debe tener en cuenta el contexto a la hora de acercarse a las tiras: el impacto del ladrillo de Ignatz contra la pancarta que porta Krazy a favor del voto para las mujeres es la respuesta de una cultura patriarcal hetero-normativa frente al auge del movimiento sufragista femenino de mediados de siglo.
Un relato que, por otro lado, casa bastante bien con el tinte discursivo del propio museo, pero cuyo atractivo tiene que ver asimismo con el terreno de experimentación que supuso para Herriman. Un campo donde expandir las posibilidades narrativas a través del juego con la disposición espacial de las viñetas, la simultaneidad de acontecimientos en un mismo marco, la inserción de elementos que condicionan la direccionalidad de la lectura o la inclusión de interludios en mitad de la trama.
 
 
 Viñetas originales en sala acompañadas de vinilo decorativo
 
 
 
El hecho de que la exposición siga un orden cronológico nos permite apreciar con profundidad el nacimiento y evolución de Krazy Kat desde sus orígenes como subtrama hasta la variación en sus protagonistas y el reciclaje de muchos otros de viñetas anteriores. Colgada de las paredes o dispuesta en vitrinas, la historia de estos intrépidos personajes viene acompañada de proyectos paralelos de corte similar (Baron Bean y Embarrasing Moments) en un afán por desmitificar su éxito y ofrecernos una visión más orgánica de su crecimiento.
Sin embargo, no consideramos que esta exposición termine de hacer justicia al trabajo de Herriman, a pesar de que se esté planteando diluir las distinciones entre disciplinas y con ello los diferentes sistemas de legitimación del arte. El mayor interrogante gira en torno a cómo exponer un cómic, y si el modo óptimo de interactuar con el mismo es bajo esta modalidad expositiva. Desde el principio la relación texto-imagen plantea un conflicto insalvable.
El sistema de cartelas que va parejo al diseño del catálogo presenta una ingeniosa disposición espacial del texto traducido, pero supone un gran esfuerzo físico al exigir a la vista moverse constantemente de la viñeta a la cartela, perdiéndose de este modo la simultaneidad de lectura que es propia de la esencia del cómic. Tratar de traducir el texto directamente en las viñetas agilizaría esa lectura pero sería contraproducente a la hora de exhibir los originales.
 
 
 
 
 
 
La extensión de la exposición hace imposible desarrollar constantemente este juego de miradas a lo largo de todo el recorrido, cuya verticalidad añadida pone una traba más a la continuidad propia del formato físico de libro, aumentando de este modo la distancia que nos separa de un Herriman mediado cuyas intenciones eran buenas pero que no nos ha dejado muy buen sabor de boca.
 
 

Rodrigo Flechoso Fernández
 
 

 

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