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Dispersa monumentalidad


Título: William Kentridge. Basta y sobra.
Comisarios: Soledad Liaño y Manuel Borja-Villel.
Lugar: Edificio Sabatini, MNCARS.
Fecha: del 1 de noviembre de 2017 al 19 de marzo de 2018.

La filósofa y artista visual Hito Steyerl reflexiona en sus últimos trabajos acerca del contenido audiovisual que se expone en las salas de los museos, cada vez más afines al dictado del plasma. ¿Se ha convertido el cubo blanco en una sala de proyección? Con la lucidez que caracteriza sus argumentaciones, Steyerl plantea una nueva concepción del museo como fábrica y lugar de producción, que a su vez produce un sujeto espectador como trabajador –recuperando una lectura del trabajo fordista–. Basta y sobra es una monumental retrospectiva de la obra de William Kentridge, donde no basta una visita para asimilar todo lo que ofrece y tal vez sobra contenido inaprehensible.

Esta muestra repartida por varias salas contiguas del MNCARS se orienta hacia la parte más escénica del trabajo llevado a cabo por el artista sudafricano: tres óperas y cuatro obras teatrales. A los dibujos preparatorios y materiales complementarios que aportan un testimonio fundamental para acercarse al laborioso y multidisciplinar proceso compositivo de Kentridge, se añaden grabaciones completas de cinco de los proyectos. La ópera y el teatro de Kentridge, síntesis de géneros aparte, fueron concebidos para llevarse a escena. En un intento por ver y oír todo el material audiovisual disponible, cualquier individuo pasaría casi más horas en sala que los vigilantes de seguridad –de antemano está asumido que nadie hará semejante esfuerzo–. ¿Tendría sentido entonces, en un museo como el MNCARS, una exposición acerca de los materiales anexos a una producción escénica sin proyectar la obra para la que fueron concebidos? Habría que esperar para obtener una respuesta. 

Durante el recorrido a través de William Kentridge. Batsta y sobra, la mirada del sujeto espectador se dispersa dentro de los espacios de exposición visual, trayendo consigo el progresivo aumento de la opacidad y la fragmentación del contenido, en favor de la saturación o la sobre estimulación. Como resultado, obtenemos un espectador presa de la ausencia, que a su vez no proyecta una mirada colectiva, sino otra distraída y común destinada a perderse en el volumen total de obras. Si a todo ello añadimos la substancia crítica de la gran mayoría de los trabajos, ya sea respecto a temas como el apartheid (Ubú y la Comisión para la Verdad, 1997) o los excesos del capitalismo (¡Fausto en África!, 1955), la riqueza de recursos en el tratamiento que emplea Kentridge están condenados en parte a la parcialización, en parte a la neutralización. 

Este suceso puede tener origen en la elección de un formato que no se ajusta a la temporalidad de contemplación para el que está pensado el dispositivo de las exposiciones; o ¿acaso es una intención predeterminada por parte de los comisarios y del propio artista? Yo, personalmente, pongo en duda esta última interrogación. La perspicacia en el montaje por parte del equipo curatorial es máxima, instalando en progresivo aumento las piezas de William Kentridge hasta culminar con The Nose (2010). Con semejante apuesta por la espectacularización dentro del cubo blanco, la institución museística manifiesta cierto grado de afinidad con la digitalización de los procesos de producción. Por ello, este giro revela cómo lo crítico dentro de la obra ve mermada progresivamente su noción de criticidad, favoreciendo una mirada disgregada y alienante.

Miguel Vega Manrique

Comentarios

  1. Veo que no simpatizaste mucho con la exposición. Al parecer te resultó insufrible pararte a contemplar los vídeos. En realidad tampoco era tanto el esfuerzo como dices. Pero vale, la crítica está bien en cualquier caso. Aunque no estoy en absoluto de acuerdo con tu opinión de que esta exposición favorezca "una mirada disgregada y alienante".

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