WILLIAM KENTRIDGE- BASTA Y SOBRA
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía Edificio Sabatini. Planta 3
1 noviembre 2017- 19 de marzo 2018
Ha pasado ya un mes desde la
clausura de la que ha sido una de las propuestas más ambiciosas, no exenta de
reto alguno, de la temporada pasada del Museo Reina Sofía: la muestra dedicada
a la obra plástica, escenográfica y teatral del artista sudafricano
William Kentridge (Johannesburgo, 1955). Autor multidisciplinario y de una
labrada y reconocida por la crítica carrera profesional, cuyo trabajo ha sido
expuesto en apenas dos ocasiones más en nuestro país. Comisariada por Soledad
Liaño y Manuel Borja-Villel, director del museo, así como con la participación
directa en la instalación de las salas del propio artista y la celebración de
una conferencia que diera pie a la muestra, el trabajo expositivo trae al
primer plano todo el material plástico relacionado con el dibujo o la
confección escénica (marionetas y vestuario) y recalca la importancia, autónoma
y asimismo interdependiente, de este tipo de materiales que produce el artista.
Así, cada sala enfrentaba una serie de dibujos y bocetos distribuidos por las paredes
junto a proyectores o televisores que recogen el material filmado de un total
de tres adaptaciones teatrales, dos propuestas operísticas y cuatro dibujos (cortometrajes) para proyectar.
A pesar de ser la obra de
Kentridge muy variada y heterogénea, conformada por múltiples proyectos, cada
uno autoconclusivo, afincados en búsquedas formales o contextos sociopolíticos
diversos que recorren la totalidad de una década tan variopinta como la de los
90, la exposición permite encontrar una serie de reminiscencias o reiteraciones
que quizás puedan ayudar a identificar el rasgo autoral de Kentridge.
El primero de ellos nos habla de
una obra que parte siempre a modo de adaptación o recontextualización de
personajes y mitologías de la literatura clásica europea, que ven modificado su
significado al elaborarse su relectura en el contexto sudafricano. Personajes
corruptos y ambiciosos, como Fausto (Goethe, 1808-1932) o Ubú Rey (Alfred Jarry
1896) se metamorfosean en la figura de un colonizador que devora con avaricia
las tierras y, por ende, cuerpos y pieles del paisaje sudafricano (Fausto en África, 1995), o en los
causantes de múltiples horrores sobre el pueblo que serán desvelados ante la
teatral e ineficaz Comisión de la Verdad tras el Apartheid (Ubú y la comisión de la verdad, 1997).
Pero también será la lectura deconstructiva de otros modelos heroicos como las
óperas de El retorno de Ulises (1998) o The
Nose (2010) los que permitirán a Kentridge hablar de un mundo frágil en
el que el viaje de todo héroe lo hace víctima de sí mismo; de lo irracional en la enfermedad de un cuerpo, el propio, siempre presente, pero ante todo
desconocido. A través de un juego escénico que combina
dibujos, retroproyecciones de animados montajes y la alternancia de personajes, encarnados tanto por rostros humanos como por las marionetas de
la Handspreed Puppet Company, al tiempo que Kentridge sitúa una serie de conflictos universales en el entorno político-local sudafricano, entabla una relación de bidireccionalidad. De esta forma termina desvelando al monstruo en lo absurdo, frágil y culpable de la condición, ante todo, humana
de esos sueños depredadores de los héroes del continente
blanco.
La segunda reminiscencia o marca
presente en su obra, reflejada en la exposición, tiene que ver con la
importancia de la plástica, de los referentes cinematográficos (el lenguaje y
los primeros ejercicios de montaje dialéctico de la vanguardia
constructivista rusa) y de la acumulación o hipertexto de unos elementos que parecieran
configurar un fondo desorganizado que, en realidad, se desvela en todo momento
como opción estética, de enunciación política. El trabajo de Kentridge
pertenece a la sociedad del espectáculo,
pero, precisamente por remitir a lenguajes o códigos rudimentarios del cine más
analógico o manual, y por acumularse entre sí como un telón de diferentes
significantes y adopciones textuales, pone en práctica la acción inmovilizadora
y saturada de una imagen que impide hablar de sí misma, que dificulta la comprensión
de conflictos cuya difusión o representación es, en sí misma, política. En este
sentido merece la pena destacar la serie de dibujos Colonial Landscapes (1995-1996),
basada en la simbología de los mapas y expediciones cartográficas de los
colonos que idealizaban un paisaje que Kentridge marca con una topografía del
dolor: piel y paisaje, ambos incoloros como la instantánea del recuerdo, se
confunden a través de unas marcas rojas que denuncian lugares de torturas y
excesos. Marcas que van a estar presentes en casi toda su obra. Así mismo, la
intrínseca relación entre preocupación política y plástica se hace visible en
la madurez con la que Kentridge elige y despliega los decorados y confecciona
en detalle la vestimenta de todo el reparto en The Nose, así como en el interés
que le suscitan las imágenes de radiografías en El retorno de Ulises; imágenes
que considera en sí mismas reducciones en blanco y negro, transposiciones
directas del rayograma al carboncillo, metáforas, como hemos comentado antes,
de un mundo interior que se configura cuerpo que nos pertenece, pero informa de
un lugar lejano, inaccesible por la referencia mimética.
La última constante en la obra de
Kentridge y que viene a cerrar la idea central que plantea la exposición tiene
que ver con una manera de trabajar o expresar el trazo formal. Tanto el montaje
que resulta de la subordinación de las distintas partes del conjunto
escenográfico, como, especialmente, los dibujos (para proyectar o para
permanecer silentes sobre cartón) no muestran un acabado sencillo, limpio o de borrado. Observar los irregulares y
borrosos trazos de sus paisajes o personajes desvela los cambios sustanciales
que realiza sobre el propio papel, una y otra vez. Por una parte, se refuerza
la idea de que toda su obra forma se amolda a un mismo proceso, un progresivo camino intelectual. Pero, por otra, la idea de huella latente nos habla de unos
de los problemas que, convertido en crítica, puede haber acechado al artista:
su posición de blanco e, inherentemente, representante de Occidente en un
entorno en el que se siente necesariamente desplazado o parte culpable del
dolor infligido sobre la población negra. No obstante, consciente de esta
paradoja, sus propuestas no pasan por usurpar la voz que no le pertenece. Al
revés. Como si de un megáfono convertido en eco se tratase, se limita a transmitir,
trasladar la voz como testigo, observador o desvelador de la huella. Al menos
de eso hablan muchas de sus obras: la violencia política vista como paisaje o
piel colonizada sobre la que las huellas, las voces, siempre han de poder, cuanto
menos, enunciarse… dibujarse.
Luis Cemillán



Estilo excesivamente ampuloso y retórico que incluso dificulta la comprensión de lo que quieres decir. ¿Qué quiere decir, por ejemplo, que la exposición no está "exenta de reto alguno"? ¿Que carece de riesgos o todo lo contrario? O cuando escribes: "Autor multidisciplinario y de una labrada y reconocida por la crítica carrera profesional", estás alargando innecesariamente el sujeto de la oración.
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