La pestaña indiscreta
Título de
la exposición: Pulgares
que escriben y se deslizan. Red de entretenimiento educativo de DIS.
Artistas
y colaboradores: Colectivo DIS (Lauren Boyle, Solomon Chase, Marco Roso y David Toro), Darren Bader, Will Benedict y Steffen Jørgensen, Casey
Jane Ellison, Ilana Harris-Babou, Jacob Hurwitz-Goodman y Daniel Keller, Ian
Isiah, Kim Laughton, Anastasia Davydova Lewis en colaboración con Eno Swinnen,
Chus Martínez, Ada O’Higgins, Babak Radboy, Christopher Kulendran Thomas en
colaboración con Annika Kuhlmann, Lance Tooks, Ryan Trecartin, Amalia Ulman,
McKenzie Wark, Maroon World y Malte Zander.
Comisariado: Colectivo
DIS.
Lugar: La Casa Encendida (Salas A, B y C).
Dirección: Ronda de Valencia, 2. 28012 (Madrid).
Fecha: Del 2 de febrero al 13 de mayo de 2018.
La
Casa Encendida acoge entre sus paredes el proyecto Pulgares que escriben y se deslizan. Red de entretenimiento educativo
de DIS. El colectivo, con sede en Nueva York y surgido en 2009, lanzó DIS Magazine en 2010, la cual derivó en
la plataforma digital de edutainment dis.art,
y se lanza ahora en un nuevo proyecto uniéndose a otros artistas como Will Benedict, Casey Jane Ellison o McKenzie Wark a
lo largo de tres instalaciones (una por sala) con propuestas hiladas en su
mayoría en torno a temáticas como la educación, el dinero o la ciudadanía. En
cada sala, una instalación de cajas de luz (obra de Lance Tooks) con diversas
imágenes y mensajes dirigidos a las últimas generaciones convive con una serie
de vídeos en bucle sobre los que se ahonda en diversas cuestiones. A lo largo
de las videoproyecciones (defendiendo el colectivo este medio como el mejor a la hora de
conectar con el público más joven) encontraremos puntualmente algunas
“interrupciones”, apareciendo una extraña figura (un ojo con labios por
párpados) producto de la creación de John Michael Boling y a la que ha bautizado como “Chus”, con un
guiño a la comisaria Chus Martínez. El músico Ian Isiah da voz a este personaje, el cual aparecerá a lo largo de
todas las salas disertando en un tono informal y bromista acerca del arte o los
cambios en las herramientas educativas, o comentando inesperadamente diversas
experiencias “personales” a lo largo de una exposición que intenta ofrecer a
través de la práctica artística una constelación de preguntas (y una aparentemente
escasa intención de apuntar respuestas) acerca de la incidencia de las nuevas tecnologías en el
mundo contemporáneo.
Ciertamente
interesantes son una Sala B coronada por grandes fardos de paja a modo de sofá que
nos ofrece, entre otros, a un Babak
Radboy “explicando” a unos niños en una acción de dudosa moralidad una
aparentemente inocente reflexión en torno al capitalismo y el dinero, para terminar
proponiendo un dinero “que se asemeje a la vida, que crezca y se reproduzca
como nosotros” (las formas en que esta idea se materializaría, por suerte o por
desgracia quedan sujetas en la sala a la imaginación del espectador).
En MAD with Casey Jane Ellison: Mothers and Daughters (2018), Ellison plantea lo que parece un
programa televisivo de entrevistas acerca de la relación entre madres e hijas.
Ellison así hace girar la producción en torno a una entrevista con su propia
madre, donde lanza preguntas como “¿Tu querías tener una hija?” “¿Tenías
sueños reservados para mi?” “¿Crees que soy libre?” “¿Hay miedo en tu idea de
libertad?”. Estas preguntas conviven con interrupciones donde la artista nos
introduce comentarios sobre la (sobre)protección materna o el sentimiento
percibido de hostilidad en la relación materno-filial, así como la creencia de
que dicho fenómeno es algo ficticio pero heredado, en lo que se torna una
suerte de sesión audiovisual para ayudar a profundizar en esta conexión.
Vista de la Sala B de la exposición,
mostrando en la pantalla la pieza de Casey Jane Ellison MAD with Casey Jane Ellison: Mothers and
Daughters, 2018.
Del
mismo modo, propuestas igualmente interesantes se plantean en una sala A con cajas
de luz que contienen llamadas directas a las nuevas generaciones (criadas en paralelo
a la tecnología) como “There is no show
without someone to watch it. It is not for everyone, it is for you, the curious
cyborg, the overextended, the lifelong learner” o con mensajes acerca del
colonialismo tecnológico y la frontera, en diálogo con un extracto del
documental The Seavangelist
(Jacob Hurwitz-Goodman & Daniel Keller, 2017) sobre la propuesta de un
proyecto de edificación de paraísos fiscales en la Polinesia maquillado como un
movimiento pacifista sobre el re-pensamiento de la arquitectura social.
Igualmente podemos encontrar diálogos con un Cristopher Kulendran Thomas que investiga la redefinición de la
ciudadanía a través de lo digital. Kulendran Thomas realiza un comentario
acerca de la evolución del nomadismo, los mercados y la ciudadanía, proponiendo
un futuro en el que los ciudadanos podrán elegir nuevas asociaciones fuera de
límites nacionales, a través de nuevas formas de conexión que revertirán la forma
de relación social.
Estas
producciones, por desgracia, conviven sin embargo como excepciones, dentro de
todo un conglomerado donde encontramos desde extraños seres con cabezas construidas a base de
estructuras de metal y corbatas que se nos presentan en distintos procesos de
la vida diaria, a una entrevistadora preguntando a los viandantes “¿qué es un
huevo?” y filmando las respuestas de los desconcertados entrevistados. Entre
otros, Kim Laughton presenta en Untitled
(2017) 33 segundos de lo que parece simplemente un joven moviendo las piernas
junto a una cámara de video en un paisaje onírico (casi más un videoclip sin
terminar para la música de Mechatok que lo acompaña), y Will Benedict y Steffen Jørgensen,
con The Restaurant. Ep. 1. The
Average Chef (2018), llevan a cabo una caótica producción,
donde un “chef” pregunta al servidor virtual Siri cómo preparar patatas fritas,
desencadenándose un torrente de imágenes y fragmentos en el que se perciben
ciertos tintes políticos, como un cuerpo policial con el logotipo de McDonalds
o un Vladimir Putin que da nombre a un café.
Del
mismo modo, en las cajas de luz podemos observar desde curiosas (si bien
puntuales) reflexiones en torno a aspectos como la ciudadanía, la
sobreexposición a la información o los fenómenos políticos recientes, hasta un
mosquito en primer plano o un “caminante blanco” disfrutando de un Chardonnay.
Vista de la Sala A de la exposición,
mostrando algunas de las cajas de luz presentes en la exposición.
Esta
exposición, salvo los honrosos casos mencionados, se torna así en un
batiburrillo de propuestas técnicamente diversas, pero asentadas en su mayoría
sobre una base teórica perceptiblemente pobre y un inapreciable diálogo con ella en muchas ocasiones. Será
complicado extraer alguna respuesta en una exposición planteada de cara a la
generación que más vacío existencial parece mostrar desde que tenemos memoria,
y aunque alguna reflexión haya podido verse estimulada por estas pantallas, el
sinsabor de la producción general nos lleva a concluir, muy acorde al medio
técnico, que si esto es todo lo que tenemos para ofrecer a las nuevas
generaciones, “apaga y vámonos”.
Gonzalo
Montañés


La crítica está bien, Gonzalo. Es sin embargo un poco injusta. Es cierto que la exposición tiene una cierta apariencia de batiburrillo, pero no se puede decir en ningún caso que su basa teórica sea "perceptiblemente pobre". Por el contrario, lo que se aprecia claramente es una sobredeterminación teórica y conceptual de las imágenes, lo que las vuelve en ocasiones ininteligibles.
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