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Aura

Título de la exposición:  Entre Artistas.
Artista: Jean Marie del Moral.
Comisaria: María Toral.
Lugar: Tabacalera Promoción del Arte (Sala La Fragua).
Dirección: Calle Embajadores, 51. 28012, Madrid.
Fecha: Desde el 16 de febrero de 2018 hasta el 15 de abril de 2018.

Es curiosa la obsesión por el retrato que ha perseguido a la práctica artística a lo largo de la historia, y más aún, la obsesión por el retrato del propio artista, del propio creador. Ciertamente son numerosos los pintores y fotógrafos que se han plasmado a sí mismos, pero seguramente menores son las ocasiones en que éstos han decidido retratarse entre sí. Jean Marie del Moral llega para equilibrar la balanza. Tabacalera Promoción del Arte acoge en la sala La Fragua la exposición de retratos Entre Artistas, donde un del Moral que desde la adolescencia rara vez suelta su cámara nos muestra el resultado de un largo periodo retratando a artistas en su propio taller (siendo puntuales los ejemplos que escapan a este enclave).
Ciertamente, como citan algunas frases célebres del fotógrafo plasmadas en las paredes del espacio, “El estudio de un artista es su mejor retrato”, y en un ya avanzado contexto donde las nuevas formas de producción parecen haber asestado un golpe fatal a tan idealizado espacio, del Moral se postula como un vehículo con el que, a través de su cámara, dejarnos entrar en un lugar tan privado como “aurático”, tan oculto como idealizado.

Vista de la exposición en la sala La Fragua, Tabacalera Promoción del Arte.

Cada retrato es un nuevo juego, nuevas pistas que podemos ir descifrando para (re)descubrir a los artistas lo largo de una pequeña pero condensada exposición. La mayor parte de los retratados posan, y quien hace como si no lo hiciera (estoy pensando, cómo no, en el segundo retrato de Apel·les Fenosa), posa nuevamente. Siempre posamos, a cada momento de nuestras vidas no somos sino un papel de nosotros mismos, y el Artista, ese Artista con “A” mayúscula, difícilmente puede hacer sino interpretar aquí ese otro papel que hemos convenido en llamar “naturalidad”, incongruente y condenado al fracaso cuando se está frente a una cámara.
A lo largo de la exposición nos encontramos un suave Baltasar Lobo, un casi arrogante Antoni Clavé, un Robert Motherwell sumergido en su amplísima biblioteca, casi más cerca de la idealización del filósofo que de la de un pintor del expresionismo abstracto. Roy Lichtenstein posa como si él mismo fuese un retrato sobre el lienzo. Alex Katz no mira a cámara, y parece evadirse; la vista del espectador, no obstante, es confrontada por la de las mujeres retratadas en su pintura, y queda atrapada por ella. Frente a él, vemos un Pablo Palazuelo cuyo encuadre convive con fragmentos de su obra en lo que podría no ser un retrato fotográfico, sino una composición a modo de collage. Tan solo a unos pasos, observamos a un André Alfaro como una inquietante escultura más en el espacio expositivo. Es peculiar el hecho de que, en muchos de los retratos, más que enmarcarse dentro del espacio del atelier, los artistas se retratan frente a su obra, casi incluso dentro de ella si nos fijamos en los mencionados Lichtenstein o Palazuelo, o en otros como José Manuel Broto o Miquel Barceló.
Podemos también encontrar a Lucio Muñoz, arreglado y elegante, un dandy impecable coronando un estudio usado, sucio y caótico. Antonio López ni siquiera ocupa el puesto protagonista, y tras una figura femenina que le roba el primer vistazo del espectador, se mantiene callado en un segundo plano, acariciando la escultura de un niño en un gesto casi paternal. Esther Ferrer, como buena artista de acción, se nos presenta lejos de cualquier espacio atribuible a un taller de creación matérica. El mundo entero es su taller, y del mismo modo podemos encontrar retratada a una Marina Abramovic que nuevamente no duda en explotar esa mirada penetrante, esa pura presencia que le ha valido para convertirse en una suerte de celebrity del arte contemporáneo. Este aura se asoma igualmente en los retratos desenfadados de unos Damien Hirst y Mauritzio Cattelan bromistas, con la lengua fuera, posando como los “chicos malos” de la escena contemporánea.
Era de esperar la presencia de unos artistas asiáticos que, del mismo modo, cada vez es más frecuente encontrar en el panorama y los mercados hegemónicos. Ai WeiWei, en un primerísimo plano invasivo, se muestra sin embargo calmado, al igual que un Yue Minjun que parece situarse llamándonos a percatarnos de su parecido con los personajes retratados tras de sí, éstos en cambio riendo de forma histérica.

Vista de la exposición, que muestra los retratos, de izquierda a derecha, de Mauritzio Cattelan, Ai Wei Wei y Damien Hirst.

Éstos son sólo algunos de los ejemplos que podemos encontrar en la recopilación de 52 fotografías, cada una un retrato único, cada una un artista único. Sin embargo, sorprende que, con tan amplio repertorio de imagen, lo que podría servir como una muestra de la personificación de las más novedosas tendencias en el arte parece encadenarse a un discurso ya marchito, imbuido en la idea del artista-genio y en paralelo a una casi totalidad de artistas masculinos y occidentales, sin una aparición consistente de mujeres artistas cuyo legítimo lugar está más que reconocido a estas alturas, y con únicamente un artista sudamericano. Recorriendo la muestra, uno es invadido por una extraña melancolía, y es que como apuntábamos, a parte de una casi totalidad de la producción fotográfica realizada en escala de grises y una óptica general anticuada, la inmensa mayoría de estas figuras son retratadas en su taller, un espacio al que los tiempos modernos parecen cada día restar más presencia ¿Qué representa una muestra así en este contexto? Bien pareciera esta exposición una llamada a volver la vista una vez más a un espacio de ensoñación que parece condenado a desaparecer, reconociendo nuestro legado como trampolín para terminar de romper con viejos paradigmas, en nuestra condición de nuevos creadores.

Vista de la exposición, que muestra el retrato de la artista Joan Mitchell, entre los retratos de Francesco Clemente (derecha) y Frank Stella (izquierda).


Gonzalo Montañés

Comentarios

  1. Está muy bien, Gonzalo. Quizás te deleitas demasiado en las imágenes concretas de los retratados y le das una menor importancia a la mirada global del fotógrafo. Pero muy bien, en cualquier caso.

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