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¿La generación encontrada?


Título: Generación 2018.
Artistas: Antoni Hervàs, Antonio Gagliano, Elena Lavellés, Fran Meana, Irene Grau, José Díaz, Levi Orta, Lola Lasurt, Marco Godoy y Serafín Álvarez.
Comisario: Ignacio Cabrero.
Lugar: La Casa Encendida.
Dirección: Ronda de Valencia, 2 (Madrid).
Fecha: Del 2 de febrero al 15 de abril de 2018.

La Casa Encendida acoge, siguiendo la tradición a dos años de cumplir la veintena, la convocatoria Generación 2018, comisariada un año más por Ignacio Cabrero. Siguiendo a las anteriores, esta edición recoge en su título el año en que se lleva a cabo y su fin, de nuevo, es la consolidación de una plataforma para la promoción de jóvenes artistas españoles y latinoamericanos. Dicha selección no está hilada en torno a un discurso determinado, sino que se compone de una constelación de elementos que, acorde con los tiempos, giran en torno a temáticas ya consolidadas como el poder, el capitalismo, lo oculto o la otredad.

Vista de una de las salas de la exposición.

Frente a una pretérita edición casi exclusivamente compuesta de instalaciones y producción audiovisual, parece aquí resurgir tímidamente la hoy casi condenada técnica madre de la mano de la “pintura de cámara” de Levi Orta, o a través de las obras de Irene Grau y su introducción de la pintura monocroma, del dibujo “deconstruido” de Antoni Hervás, o de los paisajes abstractos de un José Díaz cada día más consolidado como pintor. En todos estos casos, no obstante, cabe resaltar el uso de la pintura más como vehículo de soporte en la instalación o el proceso que como un fin en sí misma.
Del mismo modo, habríamos de preguntarnos si frente a un panorama artístico que carga desde hace décadas con acusaciones de elitismo, hermetismo y “autorreferencialidad”, podemos encontrar en esta convocatoria alguna nota esperanzadora.
Ciertamente esto no pasa por obras como Autogruta (2018), del mencionado Antoni Hervás. La pieza consiste en una instalación interdisciplinar en la que, según defiende el artista, nos encontramos un dibujo como herramienta elástica que absorbe a otras disciplinas, afirmando mezclar elementos tan dispares como mitología griega, pérdida de control, éxtasis, performatividad del dibujo o “desenfreno deportivo” (entre otros aspectos) donde todo un enrevesado entramado teórico aprovecha cómodamente un discurso legitimado y explotado en los circuitos creativos contemporáneos (defendiendo reivindicar el deporte de contacto desde una posición “hiperfemenina” en resistencia al heteropatriarcado) para hacer equilibrios sobre lo que se torna una mera excusa plástica cuya vinculación a la teoría planteada ha de ser adoptada casi como dogma de fe. Tampoco encontraremos ninguna novedad en artistas como Irene Grau y su proyecto Ningún lugar en particular (2018). Desde noviembre, allá donde va a pasar al menos una noche, la artista descuelga un cuadro de la pared y en su lugar cuelga el que lleva consigo, un cuadro blanco monocroma, fotografiando el nuevo emplazamiento. Así, se modifica su apariencia según el espacio, y en contraste con el espacio expositivo el cuadro destaca, pero lo hace tímidamente. No reclama la atención sino que la desvía al resto del espacio reivindicando mirar a todos lados, pero a ninguno en particular. Irene así espera que el espectador se fije más en su entorno la próxima vez que viaje a un lugar, pero una obra así casi resulta más una gracia para con un espectador medio, que de nuevo ha de aceptar un discurso forzado, y posiblemente muy alejado de sus intereses.

Instalación de Antoni Hervás Autogruta, 2018.

Frente a estos trabajos, en los cuales podríamos incluir también un Fran Meana que difícilmente parece terminar de esclarecer de qué trata su obra (donde muestra al propietario de una fábrica de quesos hablando de los problemas para seguir con el funcionamiento de los agentes microbianos al cambiar el emplazamiento de su fábrica) podemos encontrar a Marco Godoy con su obra La ficción del poder (2018). Godoy muestra una instalación de imágenes en las que se hacen patentes los patrones simbólicos y performativos utilizados por distintas figuras de autoridad política, económica, social y religiosa que se repiten y actualizan para apoyar el grado de ficción y teatro sobre el que se erigen. Estas imágenes responden a situaciones de nuestra cotidianidad político-social, pero verlas aquí reformuladas y descontextualizadas nos ayuda a comprender el artificio que acompaña a su construcción. Estas imágenes se acompañan de una columna perteneciente a un altar del siglo XVII a la que se ha retirado parte de la policromía; se le ha quitado esta superficie que forma parte de la escenografía, un lujo exterior que ahora se confiesa mera apariencia, mostrando debajo un material pobre como la madera, revestida para abaratar el coste del poder y la autoridad que otorgaremos al símbolo y a su portador.
Otros casos presentes ofrecen al espectador respiros añadidos, como Dark Matter (2018) de Elena Lavellés, donde la artista apunta a la materia “negra” (el carbón, el petróleo y el oro) como un elemento que le sirve para hilar con lo metafóricamente oscuro que hay en el capitalismo y subrayar los nexos entre dichos materiales y las lógicas de poder corporativo y de explotación transnacional. Y es que obras como Dark Matter o La ficción del poder pueden asimismo contener un discurso complejo, pero encuentra un diálogo consistente con el objeto artístico que lo sustenta, y se sitúan convincentemente entre la asequibilidad del discurso y el esfuerzo por no ofrecer una respuesta regurgitada al público.


Instalación de Elena Lavellés Dark Matter, 2018.

Si bien obras como Autogruta o Starter Cultures ejemplifican la crítica cliché al arte contemporáneo, podemos ir progresivamente encontrando piezas que hablan el lenguaje de la gente común, sin caer en el populismo de mostrar el arte como mero diseño y técnica. Frente a la óptica general de un espectador medio a caballo entre el rechazo y el miedo a ser tachado de ignorante, obras así parecen devolver al arte contemporáneo parte de la aceptación general que parece suplicar. Aún es es pronto para definir qué hará con este legado la siguiente generación. Volveremos a las salas el próximo año.

Gonzalo Montañés

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