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Cartografías de la memoria


William Kentridge
Basta y Sobra
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía 
Del 1 de Noviembre 2017 al 19 de Marzo 2018
Comisariado: Manuel Borja-Villel y Soledad Liaño


 La exposición de William Kentridge es abrumadora. Se extiende en el espacio como si de un archivo se tratase. Obra y documentación se mezclan y conviven en una obra aún mayor. Kentridge usa una cartografía distinta a la que estamos acostumbrados, a través de la cual marca en los mapas o en las imágenes territorios traumáticos. Es así como construye lugares a partir de vivencias y acontecimientos. Como un mapa temporal que combate el abandono. El artista trata de asimilar en su obra la vida, la memoria e incluso el tránsito del olvido para presentarnos estos procesos de digestión de su cuerpo. Es ingente pero reflexivo. Sutil pero directo. Delicado pero contundente. En cada pieza hace de la parte un todo, dejándonos saber que el todo tan sólo puede aspirar a ser una parte. 





 Ante nosotras se halla un artista de taller que reflexiona con los procesos de creación y que vive en la búsqueda personal sin olvidar por un instante su presencia e incidencia en el mundo. Usa su presente para reconstruir un pasado, hace y deshace para rescatar la memoria. Siendo hombre blanco en Sudáfrica su papel es complicado. Denuncia el pasado y presente de su país, pero siendo consciente de su posición de privilegio. Su mensaje es universal y a través de los personajes que componen su universo creativo consigue mostrarnos las hipocresías de nuestros sitemas políticos. Hace accesible su obra por su técnica y sus materiales. El carboncillo es sin duda su arma más poderosa. Le permite borrar y reconstruir, pero siempre dejando trazos y manchas como cicatrices. No es críptico en su mensaje. Su gesto es relevante, hace que la obra esté viva, en constante movimiento. Nos cuestiona sobre la huella y sobre el relato. Usa para ello unos materiales accesibles, que hablan de la cotidianidad pero también del registro. Como cartones, páginas de periódicos o cubiertas de libros. Todos revelan algo de la condición humana. Se nutre además de técnicas accesibles, como son el carboncillo, los collages, el grabados o la fotografía y el vídeo. Todo dentro de una narración compleja cuyo eje son diversas obras de teatro en las que aflora, de una forma u otra, un carácter político que se entremezcla y es además inseparable de un carácter doméstico. 


 
La información hoy es como una bruma que nos rodea y casi nos aprisiona por su densidad. Es posible que antes fuese canalizada por los medios, pero hoy, nos desborda. Esta se presenta de forma desmedida y desestructurada. Como en la novela de Saramago, la sobredosis de estímulos nos deja ciegos. Además, uno de los principales problemas en la crisis del periodismo es la demanda de una inmediatez casi ansiosa de esta información. La combinación de estas circunstancias hace que cada vez sea mas difícil acceder a una comunicación analítica y reflexionada.

Entiendo que algo similar ocurre en el mundo del arte. Donde devoramos artistas emergentes, que desarrollan sus proyectos en plazos tan cortos que no permiten una reflexión. Ni del contenido ni del medio. La inmediatez imposibilita el pensamiento. Hay un arte que es puro presente. Los artistas llegan a la realización de sus proyectos tachando tareas de una lista. Desde la más absoluta inmanencia se presentan como una pieza de un juego cerrado. Estructurado en pequeñas celdas. A veces, el arte es una manta eléctrica. Nos sentimos cómodos cuando hay obras en las salas. 

  Pero en ocasiones surge un tiempo distinto. Una especie de presente eterno que convierte el refugio del arte en una lucha. A nosotros nos cabe preguntarnos qué arte queremos ver. Uno que no sale de la rueda del sistema otro que, como el fantasma de Kentridge, traspase muros. Aunque este fluir no es sinónimo de un fácil transitar por el mundo.


 

         En la exposición de Kentridge, la disposición del cuerpo se refleja en la obra. Existe un constante diálogo con eventos traumáticos y problemáticos de la historia de su país. El pasado no se ha ido. De hecho no es pasado. Hace de lo particular algo universal. Un ejercicio necesario para la catarsis de países que han sufrido y se han flagelado a si mismos. Me pregunto si esto sería posible en España, si seríamos capaces de enfrentarnos de una vez a nuestra historia de una forma tan sincera y valiente. Usando nuestros cuerpos para liberarlos de la carga que los contrae. 

Irene Zöller Huete 

Comentarios

  1. No das información sobre el artista. Mencionas por encima el hecho de que toda la exposición está dedicada al teatro. No hablas de las escenografías ni de las maquetas ni de las marionetas.

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