Esther Ferrer.
Espacios entrelazados.
Museo Guggenheim Bilbao.
Hasta
el 10 de junio.
Es sabido que el arte, tras la
palpitación que supuso el establecimiento de las Vanguardias, invirtió la
experiencia estética que le acompaña. Y aunque es ya redundante insistir en la
fractura duchampiana, conviene no olvidar el inicio de una nueva cronología de
posibilidades. La pasividad de la
contemplación era el disparador del artista considerado genio, algo así como un
diosecillo que velaba por mantener la capacidad humana de representación, a
salvo. Sin embargo, las dudas que la Historia filtraba, abrió una posibilidad a
un nuevo ejercicio de apreciación del arte en relación con su contenedor. La
expansión del objeto artístico funcionaba como una activación del espacio, una
invitación a formar parte del engranaje estético que supone hacer obras de arte
en la caduca modernidad. Esther Ferrer (San Sebastián, 1937) es, por eso, una
artista plenamente contemporánea. Lo es por la aceptación sin reservas de las
contingencias de un arte que impulsa fórmulas de ampliación de la acción. Una
intensificación que está en el manifiesto de Zaj, el cardinal grupo de música
vanguardista formado Juan Hidalgo, Ramón Barce y Walter Marchetti en 1964. Sus
consecuencias son, como su creación, de naturaleza expansiva. Tres años después
de su fundación, el movimiento atañe a poetas, compositores, artistas
plásticos, escultores y artistas de la acción. En torno a Zaj, Martin Chirino, por
ejemplo, dibuja el espacio desde la forja. Accionarlo es la intención de Esther
Ferrer, miembro de facto del grupo desde 1967 hasta su disolución en 1996,
cuando el Museo Reina Sofía le dedica una definitiva retrospectiva.
Delante del enorme peso de sus
recurrentes referentes –Mallarmé, Cage, Perec- en la conceptualización de las
prácticas artísticas contemporáneas, quizás haya un renovado momento de
escrutar las prácticas de Zaj y sus copartícipes a la hora de referenciar el
limitado espacio de creación vanguardista que la España bajo la dictadura pudo
mantener. Por ahora, en un ejercicio anacrónico, el Guggenheim Bilbao muestra
uno de esos necesarios conatos de recobro. Esther
Ferrer. Espacios entrelazados reúne nueve instalaciones, no mostradas hasta
ahora, en la que tiempo, espacio y percepción conectan para crear posibilidades
a un público activado a través de la minuciosa construcción del espacio
expositivo. La comisaria Petra Joos ha querido que sea el propio asistente el
que soslaye la experiencia sensible uniendo diversos hechos como la
perspectiva, la risa, la dilatación del tiempo o la orgánica impresión de la
piel. Para ello se han reinterpretado trabajos anteriores de Ferrer hasta
conformar un site specific que nace
de la revisión de piezas que, como otras tantas, insisten en el espacio
medible, en sus juegos de perspectivas y con ellos las divergencias de la
percepción, la activación del espacio y la apropiación de la arquitectura del
principio de simbiosis. La inversión propuesta por Ferrer, como todas aquellas
artistas de la performance, es dejar el quietismo fuera de la ecuación para
hacer un arte de práctica dotadora de movimiento.
La conmoción, el viejo axioma del
paso de la potencia al acto, es tomar consciencia sobre el propio presente. Entrada a una exposición (1990), un
portón de plumas que atañe a la piel y su independencia sensible, va más allá
de la simple aceleración del espectador. Funciona además como rastro. Durante
el paseo por el museo, plumas negras se esparcen aquí y allá. Los visitantes la
transportan de una sala a otra como néctar. Las
risas del mundo (1999) es, a pesar de su peso dentro de la sala, la pieza
más periférica e insustancial. Un mapamundi se extiende en el suelo y sobre él,
cuarenta tablets enseñan otras tantas
sonrisas. Un atlas de apariencias humanas que se activan de acuerdo a la
disposición de los visitantes en torno a la pieza. El resultado es un
“concierto de la risa”, una composición aleatoria dirigida por la pura
presencia. Una pieza relacional que, no obstante, desentona en el conjunto
expositivo, mucho más cauto y sugerente en general.
Insinuaciones de construcciones imposibles, de delicada
robustez. La silla, el lugar del descanso y el principio de la reflexión, se
conjugan en Instalaciones con silla (1984)
y la más reciente Sillas suspendidas
(2018) para denotar una “metarquitectura” que niega la posibilidad de uso y
exalta la experiencia espacial del objeto cotidiano. Estas piezas sí resultan
necesarias para completar el entramado de la muestra, ya que guía al espectador
hacia un espacio de cosificación en el que el propio museo se convierte en
gráfica tridimensional. Proyectos
espaciales (1990) es la formalización de las inquisiciones que ocuparon a
la artista intermitentemente durante los setenta. En su pulsión conceptual, Ferrer
apaga cualquier acto del yo para centrarse en la exactitud matemática y sus
infinitas conmutaciones. Estas variaciones a través de hilos, cables o cuerdas
fijadas en diferentes lugares de la sala, son una de las muchas corporizaciones
de la perfecta esencialidad que Ferrer ha perseguido durante toda su carrera.
Así pudimos corroborarlo en la reciente exposición que el Museo Reina Sofía le
dedicó a la artista en el Palacio de Velázquez y así es cómo esas posibilidades
y variaciones activan ahora el magnífico museo vasco, significante de la
experiencia perceptible y de los eternos tanteos.
Juan Jesús Torres, 2018.
Muy bien.
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