Beatriz González.
Palacio de Velázquez. Museo
Reina Sofía.
Del
22 de marzo al 2 de septiembre de 2018.
Los procesos de descolonización
encubren una trampa. A través de conexiones norte-sur, las élites renuevan su
dominio en un perverso juego de recolonización,
esto es, métodos aparentes por los cuales se insufla la necesidad de recurrir a
paradigmas históricos que conformaron la hegemonía occidental. Cuando un
estudiante o un artista, por ejemplo, proveniente de un país de tradición
colonial pretende incluirse en el flujo global del intercambio del conocimiento
lo hace, al menos, desde dos posibilidades que, a priori, se disfrazan de
logro; un reconocimiento étnico y una inclusión en la Historia. Sin embargo,
cabría preguntarse qué tipo de tradición es aquella en la que, para que una voz
alcance modulación, se requiere una adhesión. Qué pasaría si esa fábula, que en
todo caso supone una tergiversación de los hechos, o al menos, una posición,
fuese ajena a un grupo social que, en su opresión, no contiene ningún elemento
conformador de modernidades. La licencia de las decisiones de los poderosos
obligan a la inclusión forzada, obviando, y en contradicción a los discursos
oficiales, el distintivo del origen, negando la emergencia de un nuevo ente autónomo
e híbrido surgente de la confluencia de la preponderancia occidental y los
reconocimientos sur-sur. Una hibridez que permite una lectura cáustica y
desenfadada de historias de aspecto inamovible. Por ejemplo, la del arte y sus
vaivenes.
Si fue emancipación lo que trajeron
con sí las vanguardias históricas, no es de extrañar que las supervivencias y
relecturas más sugestivas emanen de la periferia. Mucho de escrutinio hay en la
obra de Beatriz González (Bucaramanga, Colombia, 1938). Pero en subversión.
Estos días, el Palacio de Velázquez allega esa inversión que sobrevuela gran
parte del trabajo de la artista y comisaria. Superficialmente parecería que las
camas, cómodas, platos, espejos o armarios intervenidos que pueblan la nave
central del palacio con hitos de la historia del arte, son una actualización
del ready-made duchampiano. No
obstante, infiere una inversión. Y ahí anida la excepcional incisión que motiva
la obra de González. Al reproducir esas imágenes de modo anverso y torpe, con
colores gárrulos, la artista propone una desterritorialización,
una contienda de poder en la que los papeles son trocados. Si Duchamp
consiguió poner el arte ante su arquetipo elitista y caprichoso, González escarba
en la antípoda; las referencias iconográficas de la hegemonía ocupan ahora el
espacio íntimo. Objetos de uso cotidiano son modificados desmañadamente por
conquistas de aquellas que construyen cronologías. Por eso las simuladamente intervenciones
de González se erigen como un acto político. La insubordinación acompaña a una
insistencia en su método para descubrir la fascinación de la artista por lo
peripatético corporizado en lo inane de las noticias de una prensa al servicio
de una élites empeñadas en un continuismo un tanto gatopardista.
El desplazamiento, la ironía, las
disonancias y la sátira del trabajo de González adquiere, en lúcidos momentos, una
conducta intimista. Acaso originaria. Quizás en las salas circundantes de la
nave central del palacio encuentro la parte más atrayente de todo el recorrido.
González metaforiza la recolonización latente en la repetición. Como si América
fuese descubierta y saqueada una y
otra vez. En esa insistencia se filtra una lógica de poder, o más bien de biopoder de acuerdo con el pensamiento
foucaltiano. La dotación de vida y posibilidades del nuevo orden hegemónico
fundamenta la traición a la propia vida. El poder se descubre como aquel capaz
de controlar la vida y su reverso en la muerte. Es, a grandes rasgos, lo que
esbozó Achille Mbembe cuando definió la Necropolítica.
González, como otras voces críticas surgentes de la poscolonia, reacciona: sin
rostro no hay culpables. Los inocentes, en su imaginario, mantienen el honor
negando su apariencia, su imagen, a un público siempre cómplice de
mercantilizar con el sufrimiento ajeno a través de la apertura infinita de
redes de intercambio de semblantes. Pinturas esplendentes, donde un intenso
flúor se convierte en la corporización del aura, representan escenas de llanto,
muerte y vergüenza. Una estética inarmónica para referenciar la emergencia de
recuperación. Para González, la repetición del gesto, de la negación e incluso
de su gesto pictórico es un alegato de memoria, un intento de levantar vías de
posibilidades a base de inferir en la interpretación de la hegemonía y sus
encubridores. Es allí, en el planto, en la profunda tradición de ritos
funerarios, en la dignidad persistente del culto en contraposición con la
insulsez de los productos provenientes de la supremacía donde González alcanza
aquella hibridez que, desde hace un tiempo, funciona como emergencia y
posibilidad. González se posiciona así más allá de neologismos que sólo
contribuyen a la obstinación de la lógica colonial fundamentada en una Historia
ajena.
Juan
Jesús Torres, 2018
Tu crítica está muy bien argumentada, Juan Jesús. Se ve que te gustó la exposición. Yo veo en la obra de Beatriz González sin embargo una gran diferencia entre su obra irónico-comercial, anterior a los años ochenta, y la estética engagée de los años noventa y posteriores. Ello es algo más que un síntoma de una estética impostada, y su afinidad con la evolución de Fernando Botero así lo delata. También éste desarrolló un "arte comprometido", después de haber sido el artista favorito de Pablo Escobar Gaviría.
ResponderEliminarPor lo demás, donde escribes: "lo que trajeron con sí", deberías escribir: "trajeron consigo".