William Kentridge. Basta y sobra.
Museo Nacional Centro de Arte Reina
Sofía.
Del
1 de noviembre de 2017 al 19 de marzo de 2018.
Por
una serie de motivos la causa posmoderna arrastra, paradójicamente, una
creciente beatificación de los procesos creativos. La emancipación del formato
y fondo canónico se erige como la diferencia del arte dicho contemporáneo. Por
supuesto, el aparente positivismo de la operación vela una trampa. La necesidad
de solucionar el valor del arte en una sociedad extasiada de información
fundamenta dar explicaciones. La divergencia es dar cuenta. La obra de arte, la
mayor de las veces, sólo se entiende tras la identificación de un proceso
creativo conceptual. En el mejor de los casos, se consigue alcanzar ciertas
dosis de autonomía. En el peor, no pasa de ser un mero juego. Un chiste cuya
gracia se agota tras haberlo descifrado. Unámosle la inseguridad que el trabajo
de artista acarrea. En nuestro contexto, el mercado es un espejismo. Y no tiene
por qué ser trágico. De hecho no lo sería en absoluto si quisiésemos preservar
cierta libertad. Nada escapa del mercado, de todas maneras. El problema
probablemente resida que ante la naturaleza inalcanzable de ciertas élites. Los
organismos públicos deberían responder asegurando la continuación de lo que
siempre fue esto del arte; completar los vacíos entre los individuos que
componen una sociedad. Becas, ayudas, residencias; todas, aun no siendo muchas,
requieren una conceptualización que es una criba al azar de los que deciden.
Habría que ver quién determina. Las veces que me he asomado, he sentido
vértigo. Ante el trabajo de William Kentridge (Johannesburgo, 1955) me
reconcilio. Veo que todas las ideas que estructuran su trabajo aparecen en el
estudio. Es un artista de taller a la vez que nadie duda de su compromiso
político. Sus investigaciones sobre los olvidados están contrastadas a nivel
experiencial (activista en los últimos y crueles años del apartheid). Él admite una
variable esencial entre tanta limpieza pseudo-culta; el error. Kentridge ve en
el borrado la huella, en la huella la memoria, y en la memoria, el otro. El blanco del papel como lugar de
la creación historiográfica. Restos que son imposibles mientras escribo esto. Nunca
leerán mis constantes correcciones.
La
exactitud delimita el compromiso. Kentridge entiende que la política es una
operación abierta, plena de inexactitudes. De idas y venidas. Palos de ciego en
obligada convivencia. Lo confuso, sabemos, es una arma arrojadiza contra los
autoritarismos. En Basta y
sobra, el despliegue se
resuelve en su trabajo operístico pasando por sus escenografías teatrales en
las que el personaje, solitario y abrumado, lucha afligido contra un sistema
confinado en sí mismo. Inamovible y asfixiante. La constatación del sujeto
político se evidencia en sus residuos; vestuario, boceto, esquemas, maquetas,
figuras que conforman un atlas de los que habitan el entorno. Como visitante me
adentro en el tórrido y forzado mundo de un protagonista extremo que porta
todos los vaivenes de la realización de la modernidad. No sorprende que el
artista vuelva a la estética constructivista. Aquel momento de la imagen leninista, anacrónica en su
salvaje independencia creadora, se confunde con el ahora expresionista; la mano
desatada de un dibujante virtuoso. Deambulo, entonces, por el borrado. Solo que
ahora, en su etapa última, se adhiere a la latencia. Es la inteligencia del
artista de proyecto. Sin modificar sus pulsiones, Kentridge resuelve en
diferentes situaciones sin caer en la trampa del espectáculo gratuito. Su vagar
remite una y otra vez al origen. La utopía en un pasado confuso al que hay
invocar. Su manera, el trabajo, el proceso del desliz. En Kentridge, el dibujo
es un gesto total, un movimiento físico, una danza. Kentridge dibuja para una
manifestación del retorno. Sobre un mismo fondo; el fracaso, la insistencia y
el rastro de las dudas. Fluctuaciones que conforman una memoria en presente,
transcurso de una investigación apoyada en la acción.
Acabo por el principio conscientemente. Las
animaciones que lo encumbraron son también protagonistas de la muestra.
Kentridge, en su extensión, no desmerece. Todo lo que ha conformado el proceso
es válido como obra. Su preocupación por el objeto no es definitorio, sino que
constata un intervalo ininterrumpido todavía ahora. Es conocido su método;
sobre la pureza del papel, Kentridge insiste. Esboza, rellena, borra, sombrea,
encaja, borra. La incisión, en muchas ocasiones, son rodadas. La animación
resultante es un tiempo total. Las huellas del carbón, de la goma, de la mano;
todo es visible. Un ejercicio de historia en presente continuo como si no
hubiese posibilidad de acabar con todo. En la línea de otros muchos artistas de
la actualidad –pienso, sobre todo, en Kader Attia-, sólo puede crear desde la
reparación. O, quizás, desde el silencio. El mismo que ocupa la totalidad de un
lugar de proyección sobre el que forjar todas las posibilidades. Un espacio en blanco,
concluimos, de pura latencia. En él todas las contingencias están presentes. Es
algo que sabe Kentridge. En ese espacio todos los relatos están sucediendo de
un modo atávico, anterior al imperio de los acontecimientos. En contraposición,
la latencia es el lugar donde la acción encuentra su posibilidad de
corporizarse. Kentridge es historia en cuerpo, dibujo en cuerpo, escenógrafo en
cuerpo. El gesto es mediador, por más cruel que en ocasiones parezca. Sus
cortos animados muestran una y otra vez la danza del artista sobre el sigilo
del vacío, esto es, la voz del otro. Ese es precisamente el intento del Reina
Sofía desde que está dirigido por Manuel Borja-Villel y su equipo. Casi diez
años después de su llegada, con exposiciones duras pero necesarias, me parece
que ha llegado el momento de agradecerlo. Es una suerte pasar una tarde bien
acompañado en este Reina. Un alivio.
Juan
Jesús Torres, 2018
Muy bien. Me gusta. Enhorabuena.
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