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El arte como posibilidad de reconfiguración del orden dado


Here Lies One Whose Name was writ in Water
Epitafio de John Keats

Palimpsesto es la última instalación de la artista colombiana Doris Salcedo que ha podido visitarse en el Palacio de Cristal del parque del Retiro de Madrid hasta el pasado 1 de abril.

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        Salcedo, destacada artista de su generación, cuyo trabajo ha sido expuesto también en prestigiosos centros como la Tate Modern de Londres y en el Pompidou de Paris y que gira en torno a la violencia y el sufrimiento de las víctimas, trata siempre de definir una situación concreta de la víctima, con la que intenta mostrar la textura de la violencia, resaltando la relación compleja que la sociedad tiene con esas víctimas, ya que según sus palabras “el arte puede crear esa relación afectiva, puede en alguna medida continuar el sufrimiento en la experiencia del espectador”.
Palimpsesto es un proyecto complejo que requirió de cinco años de investigación, producción, ejecución y cuyo posterior mantenimiento no ha sido tampoco sencillo. El proyecto arrancó con una serie de entrevistas a madres que habían perdido a sus hijos, dolor que a ella le resultaba ajeno. Es una obra monumental por su tamaño y su carácter fúnebre, es un memorial en el que se pueden leer los nombres de unas doscientas personas, de entre las miles que han muerto en las aguas del Mediterráneo, personas que se han ahogado al intentar llegar a Europa en busca de una vida mejor. Su intención es que la tierra llore sus nombres, en concreto Europa que hasta ahora se ha mostrado indiferente ante el hecho más dramático de la actualidad, porque además, como dice Salcedo “la estética que le dediquemos al ritual funerario denota la ética con la que hemos vivido. El que ha vivido una muerte social vive una muerte anónima”.
Sobre el suelo del Palacio de Cristal se instaló otro suelo de placas de hormigón perforadas del que emanan gotas de agua suministradas por una máquina y que a través de unos 10 km de tuberías salen a la superficie y se unen lentamente hasta formar los nombres de las víctimas. Salcedo entiende el arte como la posibilidad de poner en cuestión los modos de percepción hegemónicos de las sociedades contemporáneas. La artista colombiana dice encontrar entre sus referentes teóricos a Judith Butler, Jacques Rancière, así como la filosofía judía del pasado siglo y resulta fácil encontrar en estos las claves para entender su obra.
Judith Butler, en su libro Vida precaria. El poder del duelo y la violencia (2004) reflexiona sobre qué ocurriría si ante el daño y la vulnerabilidad respondiéramos de una manera distinta a la confrontación abierta, piensa qué ocurriría si pusiéramos a la base de las relaciones humanas una condición de fragilidad corporal común. En torno a los atentados ocurridos en Estados Unidos el 11S, Butler nos dice que exponer exclusivamente las muertes de los ciudadanos occidentales en obituarios es una forma de violencia que nos señala que algunas vidas valen la pena y otras no. Butler propone que, si perseguimos otro modo de hacer las cosas, si cuestionamos cómo nos contamos la historia de vencedores y vencidos, podemos terminar con esta justificación eterna para la guerra y la violencia constante. El duelo, nos dice la autora, es muy importante en esa vida precaria, porque quien vive es vulnerable y se debe llorar por él; aceptar que nos unimos como seres en duelo, desafía nuestro relato, y ahí reside su potencial transformador. Butler subraya que junto con la experiencia de la violencia surge un marco para poder pensarla. “Parece crucial prestarle atención a este marco, desde el momento en que él es el que decide, de manera forzosa, lo que puede escucharse, si una postura va a ser tomada como una explicación o como una absolución, si seremos capaces de percibir la diferencia y de aceptarla”. En esta idea de lo que puede escucharse, encontramos una vinculación con el arte a través del concepto del reparto de lo sensible de Rancière,
Rancière define el reparto de lo sensible como aquél “sistema de las formas que a priori determinan lo que se va a experimentar. Las prácticas artísticas son maneras de hacer que intervienen en la distribución general de las maneras de hacer y en sus relaciones con las maneras de ser y las formas de su visibilidad”. La ficción es una cuestión de distribución de los lugares, de las formas en que las artes pueden ser percibidas, de la división de lo inteligible. Estas formas definen como el arte “hace política” y es aquí donde se plantea la cuestión de la relación entre estética y política y desde dónde podemos pensar en las intervenciones políticas de los artistas.
El tratamiento superficial que hacen los medios de comunicación de los sucesos alimenta el imaginario social del miedo. En esta relatoría de los sucesos falta la dimensión del dolor y el significado de ese dolor, y no permite vínculo alguno con él. Además, se produce un ocultamiento de la violencia estructural, que es la que explica todas las demás violencias. Los medios neutralizan el desacuerdo, y el arte lo que busca es exorcizar esta neutralización. La violencia crea imágenes, que después los medios ponen a nuestra disposición, y el arte debiera quizá oponer otras imágenes a estas, que permitan trasmitir al espectador en alguna medida el sufrimiento de la víctima, la vinculación con ese dolor.
La violencia ha sido el tema más recurrente en la obra de Doris Salcedo, siempre convencida de la necesidad de explorar otras formas de relación con la muerte que atenuasen las provocadoras exhibiciones de cadáveres en los medios de comunicación y pusiesen el énfasis, en cambio, en las posibilidades alegóricas de los mismos. Recurriendo a la alegoría consigue que pensemos en el hecho de que la coyuntura política inhibe o reprime la expresión abierta de experiencias y situaciones que nos afectan profundamente. Quiere que pensemos en los excluidos y marginados por un régimen político que los incluye excluyéndolos. Y que, como el homo sacer que pensaba Agamben, ostentan un estatuto cívico tan degradado que permite que cualquiera les de muerte impunemente.

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Todo lo anterior comparece, densificado, en la experiencia estética que Salcedo quiere que tenga lugar en Palimpsesto. Los nombres de los asesinados —por la falta concreta de su evitación política disponible— aparecen y se ausentan reproduciendo la lógica fantasmática del duelo, transcritos sus nombres al alfabeto latino, lo que permite su pronunciación y lectura a un público europeo. De este modo, la obra se convierte en un dispositivo de interpelación que exige una atención a la particularidad inerradicable del nombre de un ser humano, detrás del cual aparece, de nuevo, fantasmáticamente, el recuerdo no reprimible de unas esperanzas de vida frustradas. Salcedo logra, a través de una instalación absolutamente cuidada y preciosista —que no ha estado exenta de crítica— realizar un extrañamiento sobre el propio proceso de duelo y obliga a reflexionar sobre el lugar y la forma en que el arte puede contribuir a una reconfiguración de lo sensible. Obligar al espectador a plantearse cuál es su lugar, y hacia dónde se dirige su atención en los procesos de producción actuales del olvido es la mayor contribución de esta obra.

El carácter revulsivo de muchas de las obras de Salcedo obedece a una indignación moral, y aquí radica la razón por la que ella está tan decidida a provocar con sus obras el rechazo de las buenas conciencias, a las que quisiera conmocionar. Y es aquí quizá donde resida el potencial político de una práctica artística que no está dispuesta a permitir el olvido.

Palimpsesto de Doris Salcedo. 
6 de octubre 2017 – 1 de abril 2018 
Palacio de Cristal. Parque del Retiro 
Organización: Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía 
Coordinación: Soledad Liaño y Suset Sánchez

                                                                                            Sergio Redondo López-Samaniego



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